03 Junio 2015

Permanecer: Experiencias de una paciente terminal

Angélica, mujer de 71 años, dueña de casa, con hernia hiatal gigante, no operable, 3 años con síntomas de ahogo e insuficiencia respiratoria cada vez más severa. Actualmente se encuentra postrada y oxígeno dependiente.

PermanecerMariella Lavarello
Médico Veterinario, Magíster en Bioética U. del Desarrollo

Al momento de entregar este testimonio, su condición es de alto riesgo, se nebuliza cada 2 horas y presenta crisis obstructivas de las vías aéreas superiores e Insuficiencia Cardíaca Congestiva severas.

Afirma Angélica: Cuando fui a buscar diagnóstico médico, debido a mis continuos ahogos, nunca esperé que me dijeran: -ud tiene cáncer-, pero sí tenía claro que se venía una noticia tremendamente negativa, en cuanto a las expectativas que yo tenía, estaba lista para recibir una mala noticia. Me fui de allí caminando y me di cuenta que así como tenemos que esforzarnos por vivir, también hay que esforzarse para morir.

Porque esto iba a durar y ese tiempo lo tenía que “vivir”. Fue duro cuando me dejaron fuera de un hospital, allí me diagnosticaron la tremenda hernia al hiato y por ser inoperable, le hicieron firmar a mi hija un documento de alta y de no re hospitalización, pues yo era una paciente terminal. Me derivaron al policlínico, sin embargo, a esas alturas yo yacía postrada en casa, de modo que una doctora me hizo visitas y los exámenes necesarios. Comencé a entender lo que significaba la palabra “terminal”, que es tremendamente amplia, con diversidad de matices, en los cuales comienzas a caminar y vas descubriendo en cada uno de ellos cosas nuevas. Por ejemplo, mirar tu entorno, tengo hijos y nietos y entendí que tenía que comunicarles lo que me estaba pasando, hablarlo con ellos, pero no en un sentido triste de “mira que pobre de mí, o pobrecita lo que le está pasando, sino que todo lo contrario; algo me daba una energía muy grande, una fuerza enorme que me hacia querer vivir cada una de las nuevas experiencias que la enfermedad me provocaba”. Comencé a hacer una lista de con quien tenía que hablar, de quien me tenía que despedir y surgieron palabras nuevas en mi entorno: perdón; perdonar; ser perdonado. Profundicé en ellas y descubrí que perdonar era un don.

A medida que el tiempo pasaba comenzaba otra etapa de lo que es morir, esto se complicaba cada día más y morir no era tan sencillo, aparecieron dolores, sensaciones muy raras como el sentir miedo, tener dudas, eran circunstancias nuevas. Mi marido está conmigo, sin embargo él seguía haciendo su vida, yo ya no lo podía acompañar, pero lo necesitaba conmigo, a mi lado. Intenté conversar con él, pero estaba asustado y metido en su mundo, lo sentía lejano. Curiosamente los hijos, en vez de arrancar se acercaron, querían saber de mí, los que no solían llamar se preocupaban por mí, y comenzamos a formar nuevos lazos, esto fue muy positivo y con el cariño que me entregaban se fue yendo el miedo, la duda y entonces comprendí que yo también tenía que aportar, no me podía sentir una pobre persona enferma, ser una víctima, esta era una oportunidad para unir a la familia, de hacer que se interesen los unos por los otros.

Lo he pasado muy mal, sé lo que es asfixiarse, es del terror. Cuando esto ocurre sólo pido que me sostenga mi marido y él reza oraciones muy cortitas, me sobrepongo, y clamo para que la crisis termine pronto, que se acabe, y entonces encuentro un hilito suave y pequeño que me permite volver a respirar.

A pesar de todo no pediría la eutanasia, pues gracias a esta agonía dolorosa he descubierto a mi alrededor, este amor grande y gratuito, que no pide nada para sí y que sólo sabe entregarse. Por haberme abierto, los demás también lo hicieron y creo que lo que recibo día a día, a pesar de toda la angustia y el dolor en el pecho, es una sensación de vida, me están dando vida. ¿Qué herencia le voy a dejar a los que me han amado si yo les quito esta posibilidad de entregarme su amor? Esta vida que me han entregado en forma de cuidados, llamados telefónicos, correos electrónicos, me hacen entender que hay algo muchísimo más grande que no lo conoceríamos si me quitase la vida.

Bueno, me queda poco y en este minuto me quiero separar de ustedes con la última parte de mi camino, al que le puse el nombre de “permanecer”. Cuando me vienen las crisis y los del servicio a domicilio realizan esfuerzos por ayudarme, lo encuentro maravilloso porque todas esas medidas implican que hay “alguien” que dice: aún no te vas.   Es justamente este espacio, entre lo terrible y el no te vas, al que le puse “permanecer”. Estoy tranquila, completamente en paz, aunque me ahogo y tengo dolores. Por eso, no se desmoralicen jamás, nunca se dejen llevar por lo oscurohay cosas mucho más elevadas gracias a las cuales podemos seguir adelante, ¡aprendan! ¡Vivan! Aunque estén sanos y, de esta manera, descubrirán cosas muy hermosas.

Muchas gracias Angélica por tu testimonio, tu amiga, Mariella Lavarello.

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